En aquella cueva lugubre y fría sentado esperando la oportunidad final me senti como si estuviera cayendo por laderas de inamovibles montañas, rodeados de arboles, inmerso en la sórdida obscuridad de la soledad. Obscuridad en la que no logro ni distinguir mis pasos, ver mi nariz y solo sentir mi exhalaciones producto del cansancio. Soledad que no descanza de azotar mi espíritu libre de toda culpa.
Como cayendo de un precipicio alto, como aquellos sueos en que despiertas empapado en sudor frío y el corazón exaltado fue ese instante hasta que te vi, una luz, una guía, un haz de belleza y gracia.
Te miré
Me miraste
Sonreí
Sonreiste
Y desapareciste...
La tarde de primavera se detuvo por unos instantes y volvio a su curso, un breve lapso de tiempo que se congeló para mi, que me liberó de esta cueva, de mi espera, de mi soledad y de mi obscuridad.
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